Por Carlos Zegarra
Debo confesar que fui a ver esta película a pesar de haber leído críticas severas tanto nacionales como extranjeras, opiniones de desagrado y algunas de aburrimiento; asumo que estas últimas son de gente que esperaban de esta película acción trepidante al mejor estilo “Jolibud” sobre un tema épico.
La historia está narrada por Tolomeo (Anthony Hopkins) en sus últimos años de vida, propuesta muy acertada, ya que este, uno de sus más fieles generales fue quién rescató su cuerpo inerte, mientras los demás lugartenientes peleaban y se repartían las riquezas de las conquistas de Alejandro y lo trasladó a Egipto para darle sepultura en el lugar en que, años antes, le fuese otorgado el grado de divinidad, después de haber liberado a ese reino del Imperio Persa.
Si bien es cierto que la figura de Alejandro Magno ha sido importante desde el punto de vista táctico militar y ha sido ampliamente documentada, el director Oliver Stone ha decidido concentrarse en el personaje y su relación edípica con su madre que marca las acciones de éste a través de un muy diluido barniz histórico que muchos han resentido, pues el personaje idealizado, que es el que hemos conocido, ha pesado en la opinion de críticos, seguidores, diletantes e historiadores.
La película trata de ser una visión íntima (nada profunda por cierto) de la vida de Alejandro Magno, haciendo énfasis en su sexualidad, aspecto muy comentado entre dientes, risitas y hasta exclamaciones de sorpresa por los espectadores, que supongo en su mayoría no conocían el hecho de que Alejandro era homosexual, práctica muy extendida dentro de la sociedad griega de esa época. Es probable que sea este hecho el que más caro se le ha cobrado a la película, pues parece que aún la homosexualidad es un tema tabú en nuestra sociedad y aparentemente “desluce” a ese personaje idealizado; y enfatizo esta palabra, porque las investigaciones actuales ubican a Alejandro cada vez más lejos de la visión romántica magnánima y lo describen como un megalómano y sanguinario conquistador que arrasó con todo aquel que se oponía a su camino de grandeza (que fuera trazado años antes por su padre Filipo) en pos de superar la gloria del personaje mítico de Aquiles.
Muchas veces la elección de un casting no gira alrededor de la capacidad de los actores de representar verazmente un personaje, sino en la capacidad de convocatoria a las grandes salas de cine. Este es, a mi parecer, (amén de sonar arrogante) el caso de los actores Collin Farrel (Alejandro) y Angelia Jolie (Olimpia), que a pesar de haber mostrado en otras películas su capacidad histriónica, no convencen en ésta, pues les quedan grandes los personajes que les fueron encomendados, restándole credibilidad a la visión del director.
Por otra parte, el maquillaje resulta en algunos casos exagerado, en otros poco natural y en otros mal diseñado, como el de Filipo (Val Kilmer), a quien parece que le pegaron un chicle para simular su ojo tuerto. Un acierto en este departamento es la progresión de heridas, cicatrices y deformaciones que los personajes sufren a través de su aventura armada hacia la India.
Otro elemento poco creíble de esta monumental producción y que no se le puede perdonar a Stone, es la recreación “jolibudense” de algunos de lo sets, casi sacados de ilustraciones idílicas del siglo XIX, sobre todo los impecables palacios Babilónicos y la espléndida Alejandría, que son presentados de forma “helenisada”. Ahora, si esta era la intención del director, ¡Lo logró!
Hablar de Alejandro Magno, es hablar de sus hazañas en campaña, que son relatadas de forma insignificante en esta versión. Pese a ello, las escenas de batalla que desarrollo el equipo de producción están técnicamente bien realizadas pues presentan escenas brutales y salvajes, como deben haber sido y siguen siendo los escenarios de guerra. Las mismas muestran una cruda naturalidad de sangre, partes de cuerpo, tripas y animales muertos; elementos que Stone conoce muy bien y nos ha presentado de forma más eficaz desde el punto de vista narrativo en “Pelotón”(1986), “Nacido el cuatro de julio”(1989) y “Nicaragua”(1986).
La fotografía en general es deslucida y no se presenta, al igual que en otras obras de este director, como un personaje omnipresente que ayuda a la narrativa de la historia, como es el caso de la película “Doors” (1991)
Recordemos que la edición siempre ha sido un gran aliado de este director, que nos ha deleitado en producciones como JFK (1991), Nixon (1995) y “Any given Sunday” (1999), con una edición llamativa y “documental”. En este caso, y como el tema lo amerita, escoge una edición más sencilla y formalmente correcta, que llega a su mejor momento en la batalla en la India, cuando Alejandro es herido. Esto, en opinión de algunos, es un recurso facilista y efectista, pero es el único momento en que la edición nos ayuda a darle un mayor dramatismo y significado a ese pasaje en el cual el personaje de Alejandro está fuera de si, cansado y atribulado por los problemas internos en sus filas.
Algo que resulta importante de resaltar por ser muy propio del director, es la referencia que hace a los recientes conflictos bélicos, cuando Alejandro le expone a Hefestio (Jaret Leto), su visión sobre el plan de liberar al mundo de los reyes opresores y llevar la “cultura y la grandeza de Grecia” a los pueblos “bárbaros”, mientras admira la ciudad de Babilonia en Persia, hoy Irak, desde un balcón de palacio. ¿Nos habrá querido decir algo? Tal vez la historia se repite cada 2500 años.
Pues bien, si usted es una persona que gusta de la veracidad histórica, sentirá que hay varios vacíos en momentos definitivos de la vida de Alejandro Magno, como su unción como hijo de Zeus ante el Oráculo en Egipto o el regreso de las fuerzas Macedónicas a Babilonia; entonces le sugiero que vea el Discovery Channel. Si usted es una persona que quiere ver una dimensión diferente del personaje histórico, puede ir a ver esta película, eso sí, no espere una gran profundidad en esta nueva propuesta del director Oliver Stone.
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