Entre Dios y el diablo
Alex Bernier es un joven cura que pertenece a una antigua orden conocida como los Carolinias. Cuando Dominic, el líder de la secta, muere misteriosamente, Alex es llamado desde Roma para descubrir que todo fue un asesinato, ejecutado por un antiguo ser que se hace llamar el devorador de pecados.
Pocas veces tenemos la oportunidad de hablar de un guionista, pero cuando este es a su vez el director de la película, nos da pie para descubrir a un personaje singularmente contradictorio, debatido entre los grandes aciertos y los decepcionantes fracasos; como es la propia industria del cine. Para el caso de la cinta Devorador de pecados, esta figura se llama Brian Helgeland.
Helgeland, se dedicaba a la pesca, hasta que a los 25 años lleva un curso de guión que le cambia la vida. Luego participa como guionista en la serie de televisión Viernes 13. Su primera historia para el cine sería para la cinta Pesadilla en la calle Elm 4.
Como vemos no son inicios muy promisorios, pero sirvieron para que Brian se diera a conocer.
Después de que Helgeland trabajara con el director Richard Donner en las cintas Asesinos (1995) y La conspiración (1997), el director Curtis Hanson lo convida a adaptar la novela Los Ángeles al desnudo (1997) el resultado fue un estupendo guión y un merecido Oscar.
Curiosamente, ese mismo año, Helgeland recibiría otro premio, por el filme El cartero de Kevin Costner, pero sería para el peor guión del año.
Helgeland también ha escrito guiones para los filmes Deuda de sangre (2002) y la recién estrenada Río Místico. Así mismo, ha dirigido cintas como revancha (1999) con Mel Gibson, Corazón de caballero (2001) y ahora Devorador de pecados.
Este filme pretende mezclar el suspenso, una pizca de terror y un argumento que se ilusiona con cuestionar a la Iglesia católica. Pero el resultado es decepcionante.
Lo curioso de esto es la irregularidad en un creador como lo es el guionista Brian Helgeland, de quien la semana anterior elogiamos su perfecta estructura en el guión de Río Místico y ahora nos encontramos completamente lo opuesto en Devorador de pecados: una historia desdibujada, llena de vacíos argumentales y que aburre bastante.
De todo esto concluimos que el cine es un arte y una industria; y si bien hoy sirvo a Dios, mañana perfectamente puedo estar a la derecha del Diablo.
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