Los Chicos del coro, como se ha traducido esta película, es la segunda producción del nuevo realizador francés Christophe Barratier.
Situada en 1949, esta nos relata la historia de Clément Mathieu (Gérard Jugnot), un profesor de música, que es contratado como “celador” en un internado francés, en donde la mayoría de los alumnos son huérfanos, producto de la segunda guerra mundial.
Para la sorpresa de Clément, más que una escuela, el internado tiene más parecido con una prisión juvenil, cuya dirección recae en el implacable director Rachin (François Berléand).
Por otro lado están los incontenibles niños, que son maleantes en potencia y someten a los profesores a todo tipo de vejámenes, ataques físicos y verbales.
Ante tal situación, Clément empieza a usar sus dotes como músico para crear un coro infantil, que llevarán a un cambio radical al internado, basado en la confianza, el amor y por supuesto… el canto.
Realizada sin mayores pretensiones, pero con honestidad, está película retrata de forma convincente la Francia de la posguerra.
La dirección de arte es sencilla pero efectiva. Manejado con planos medios y cerrados, no necesita de una mega producción para lograr ubicar al espectador en medio de la campiña francesa, por supuesto cuenta además con los paisajes naturales y edificios históricos que facilitan la labor del departamento de producción.
Las actuaciones son de gran calidad, sobre todo algunos de los niños que son verdaderamente impecables. La música coral es de una gran belleza y las voces son espléndidas.
Lejos de ser un empalagoso melodrama lacrimógeno, esta película maneja de forma equilibrada el humor y el drama, dando como resultado una película ligera (no liviana) y apta para todo el público.
Más que una película sobre música, esta es una película sobre segundas oportunidades, que muestran facetas humanas basadas en el corazón.
Para quienes estén aburridos de la oferta cinematográfica de pastelazos y explosiones que llenan nuestras salas, esta es una película que refrescará su fe en el cine, que, con historias sencillas y bellas reivindican al ser humando como un creador de belleza y no como el mercenario económico al que nos tienen acostumbrados los medios masivos.
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