Por Carlos Zegarra
La dupla uruguaya compuesta por Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, vuelven a unir esfuerzos para crear una muy agria comedia bajo el título "Whisky".
Esta es la segunda aventura de estos creadores en la pantalla grande, después del éxito logrado y de múltiples nominaciones y premios alrededor del mundo con su ópera prima 25 watts en el año 2001.
Whisky es una historia de soledades e incomunicación en un entorno de una ciudad áspera y poco amistosa en medio del invierno austral sudamericano.
La historia es sencilla: El exitoso hermano de Jacobo (Andrés Pazos), que vive en Brasil regresa a Montevideo para el "Matzeivah" de su madre. Jacobo es un hombre entrado en años y le pide a Marta (Mirella Pascual) una empleada de su fábrica de medias, fingir que son marido y mujer. Es entonces cuando viejos resentimientos se asoman cuando entre el hermano (Jorge Bolani) y la mujer empieza un sutil y decadente juego de seducción.
La película está narrada con un mínimo de texto (¡Pero qué textos!), simples, claros sin grandes complicaciones o pretenciosos subtextos, que vendrían a dar al traste con la excelsa narrativa del silencio, que estos atrevidos directores han llevado hasta sus más incómodas consecuencias.
Y digo atrevidos, porque la forma en que está construida esta película no es fácil de digerir y es posible (como pasó el día que fui a ver esta película), que la gente acostumbrada a la narrativa a prueba de tontos tipo "jolibud" no la entienda y opte por salirse del cine vociferando lo "mala" que es esta película.
Por el contrario esta joya cinematográfica se nutre del lenguaje no escrito y de la capacidad de los actores de poder retratar a estos sencillos pero a la vez profundos personajes con sus sutiles actuaciones y lenguaje corporal.
El reparto constituido por los veteranos Andrés Pazos, Mirella Pascual, Jorge Bolani hacen una actuación impecable y transparente, digna de cualquier premio al que fueran nominados, pero es Mirella Pascual la que verdaderamente logra una interpretación gestual como pocas veces se ve en el cine, haciendo ver fácil el difícil arte de actuar y decirlo todo, cuando no hay textos.
El manejo del espacio creado por el director de arte Gonzalo Delgado, también co-escritor de esta pieza, logra envolver de forma perfecta esta trama decadente. Igualmente brillantes es la dirección de fotografía de Bárbara Álvarez, también parte del equipo de producción de 25 watts.
Más allá del espectáculo vacuo silicónico y lleno de efectos especiales, Latinoamérica vuelve a deja claro que el cine también puede ser de ideas, reflexión y sobre todo de calidad intelectual y humana. (Y sin tener que gastar millones de dólares).
Aunque como dijimos antes no es una película fácil, vale la pena verla varias veces, para poder entenderla en toda su dimensión.
¡Bien por el cine Latinoamericano y en especial por el uruguayo! |